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Ya hemos hablado en varias ocasiones sobre el hambre real o física en contraposición al hambre emocional, pero es más que probable que pocos de vosotros conozcáis los distintos tipos de hambre que existen en realidad. Ceñirnos sólo a estos dos tipos de hambre sería como sustentar una mesa en un solo pilar a diferencia de que ésta esté sostenida por cuatro patas. Por otro lado, también dedicamos otro espacio para hablaros sobre qué era Mindful Eating o Alimentación consciente, es decir, “comer atentos”; y esto requiere como dijimos, prestar atención a nuestras sensaciones cuando estamos comiendo, de manera consciente y a través de nuestros sentidos.

 

Pues bien, en el blog de hoy hablaremos sobre otros tipos de hambre a los que todavía no hemos hecho alusión, y trataremos a groso modo cómo podemos nutrirlos o saciarlos.

 

Antes de trabajar con Mindfulness mientras comemos, hemos de tomar consciencia de lo que nos impulsa a comer. La mayoría de personas dirán que comen porque tienen hambre. Pero cuando pedimos a las personas que describan cómo saben que tienen hambre, se quedan desconcertadas; y precisamente, una de las razones por las que se desorientan con el hambre es porque sienten distintas clases de hambre. Veámoslas!

 

Hambre visual

 

¿Quién no ha escuchado la mítica frase “comes más por los ojos que por la boca”? Veamos un ejemplo: Acabamos de ingerir una gran cantidad de comida con unos amigos; ya has terminado, sabes y reconoces que estás lleno. En ese momento aparece el camarero con el carrito de los postres, todos ellos, con una pinta fabulosa y una presentación inmejorable; aunque el estómago protesta: “estoy demasiado lleno, basta!”, la mirada ya se ha quedado prendada. Así, la mirada puede convencer a la mente para que se olvide de los mensajes del estómago y del cuerpo, incluso cuando estos no tienen hambre.

 

¿Por qué muchas veces comemos más con los ojos que con el estómago? Principalmente, debido a lo apetitosos que resulten los alimentos a nuestros ojos según la presentación que los acompañe. No es lo mismo un montón de postres amontonados y revueltos que cada pieza por su parte, adornada por ejemplo, con unos trocitos de fruta bien cortados y emplatados.

 

¿Cómo podemos satisfacer el hambre visual? Cuando creamos que estamos sintiendo este tipo de hambre, debemos dedicar unos momentos a observar la comida, fijándonos en los colores, texturas, formas y su disposición en el plato. Otra forma de satisfacer el hambre visual sería disponiendo la mesa y los alimentos de manera atractiva como si tuviésemos invitados: sacar tu mejor vajilla, un buen mantel, incluso un jarrón con flores y una vela. Al comer, permite que tus ojos se “alimenten” no sólo con la comida, sino con el resto de aspectos de la mesa. En Mindful Eating, a este ejercicio le llamamos “crear una fiesta para los ojos”.

Además, con el hambre visual hemos de tener cuidado y permanecer abiertos a la experiencia de comer, es decir, no centrarnos únicamente en comer con los ojos, pues debido al hambre visual podemos ignorar las señales de saciedad procedentes del estómago, y con ello, acabar hinchados sin apenas darnos cuenta. Así, para combatir el hambre visual, lo adecuado sería dedicar los primeros segundos de la ingesta a ver los alimentos sin comerlos para, una vez estemos satisfechos visualmente, empezar a satisfacer otro tipo de hambre.

 

Hambre olfativa

 

Pensemos en los olores que se desprenden cuando pasamos por delante de una panadería, una cafetería o un chiringuito de comida rápida. Es obvio que los olores placenteros y apetitosos nos harán comer más. Lo que llamamos “sabor” o “gusto” es sobre todo el olor de la comida. Desde el olfato percibimos muchos más sabores que con la lengua. ¿Quién no ha perdido alguna vez el sentido del olfato al estar resfriado? Cuando no podemos oler la comida, la percibimos casi insípida. Sin olor se pierden todos los matices del sabor.

 

¿Cómo podemos satisfacer el hambre olfativa? Para satisfacerla, podemos probar a oler la comida que tenemos delante, levantando el plato e inspirando hondo, como si estuviéramos en una cata de vino, repitiendo el proceso varias veces, intentando detectar todos los componentes de los olores que podamos. Además, mientras comemos, podemos continuar siendo conscientes del olor (que también llamamos sabor). También podemos aprovechar el momento de cocinar para no perdernos ni un aroma de lo que estamos cocinando, siendo plenamente conscientes de los olores para satisfacer nuestra hambre olfativa adecuadamente. Una vez hayamos terminado de comer, podemos seguir satisfaciendo nuestra hambre olfativa agarrándonos a la experiencia de ver cuánto tiempo seguimos saboreando la comida en nuestra boca.

 

Hambre bucal

 

El hambre bucal es el deseo de la boca de sensaciones placenteras, y estas sensaciones dependen de los gustos de cada persona: algunas personas prefieren alimentos picantes, otros suaves, etc.; y esto depende de los hábitos alimentarios aprendidos en nuestra familia de origen, de tradiciones culturales (por ejemplo, países en los que comen insectos), y del condicionamiento, es decir, asociar ciertos alimentos con experiencias agradables o desagradables; por ejemplo, las fresas con nata van a tener un atractivo totalmente distinto si uno las disfrutó en buena compañía y en un momento distendido y agradable a si las comió en casa de la abuela después de haberse mareado en el coche.

Nuestra boca quiere ser estimulada constantemente, siempre quiere “estar de fiesta”. Conocedores de esta actitud caprichosa de la boca, las empresas alimenticias se han encargado de potenciar artificialmente muchos alimentos, introduciendo más sal, más azúcar, más especias y más grasas.

¿Cuál es la parte positiva de esto? que al final, puesto que la boca depende en parte de lo que le administremos, puede entrenarse y adaptarse perfectamente para que disfrute de más o menos sal, más o menos azúcar, etc. Así, para experimentar verdaderamente una “fiesta en la boca” no necesitamos un aderezo más intenso, sino estar plenamente conscientes de la experiencia; y no basta con meter comida en la boca, masticarla y tragarla para satisfacer el hambre bucal; la mente ha de ser consciente de lo que sucede en la boca, y para ello es fundamental que, bocado tras bocado, pongamos la atención necesaria que nos permita tener el máximo tiempo posible esa sensación de “primer bocado”.

¿Y cuál es la clave para satisfacer el hambre de la boca? estar presente. Situar la concentración de la mente en la boca y abrir la consciencia a todas las texturas, movimientos, olores, sonidos y sensaciones gustativas del comer y del beber. Después de haber disfrutado durante un rato del efecto “primer bocado”, debemos prestar atención a las señales de saciedad que procedan del estómago, pues si continuamos comiendo ignorando las señales de “lleno” que proceden del estómago, acabaremos ingiriendo más comida de la que nuestro cuerpo necesita.

 

Hambre estomacal

 

El estómago es, junto con el cerebro, el órgano más inteligente del cuerpo humano, hasta el punto de ser considerado por científicos y médicos expertos como el “segundo cerebro”. Las conexiones entre ambos son múltiples, y todo lo que nos ocurre nos afecta de alguna u otra manera a nivel estomacal. La idea de que el estómago nos avisa de cuándo debemos alimentarlo no es correcta. En realidad, somos nosotros los que le enseñamos al estómago cuándo tener hambre; y eso se produce a través de nuestras costumbres y hábitos alimentarios. Cuando hacemos tres ingestas de comida al día siguiendo horarios regulares, el estómago queda condicionado a esperar comida en esos momentos; si no lo alimentamos siguiendo ese horario ya marcado, empezará a gruñir como un león hambriento. Otro ejemplo de esto, serían las personas que nunca desayunan. Estas no sienten retortijones de hambre a primera hora de la mañana, pero las que sí lo hacen, sí los sienten. Si ayunáramos durante más de tres días, los retortijones y los gruñidos desaparecerían.

 

El hambre estomacal es el más fácil de saciar porque nuestro propio estómago sabrá guiarnos cuando lo tratemos adecuadamente. Si comemos demasiado, aparecerán sensaciones desagradables en nuestro cuerpo, nos sentiremos “incómodamente llenos” y tendremos digestiones pesadas. Cuando llenamos el estómago en dos terceras partes, se queda ligero a la vez que saciado, pleno y satisfecho. Para satisfacer el hambre estomacal es necesario pararse cada cierto tiempo a evaluar cuánta hambre sentimos, aprendiendo a ser conscientes de las sensaciones en el “estómago”, parando y evaluando  el hambre estomacal que sentimos cuando hayamos comido la mitad del plato, por ejemplo; entre el primer y el segundo plato, o ir deteniéndonos periódicamente para comprobar el estado de nuestro estómago, de forma que podamos parar cuando éste se encuentra “cómodamente lleno”.

 

Hambre mental

 

El hambre mental está relacionada con nuestros pensamientos ¿Qué nos dice nuestra mente sobre lo que comemos o dejamos de comer? A menudo nuestra mente parlanchina habla en términos de “debería” o “no debería” de comer: “Debería comer menos dulces”, “me merezco un buen helado después del día tan duro que he tenido en el trabajo”, “no debería comer de esto o de esto otro porque me va a engordar”, “Va, qué más da, un día es un día”, “cómetelo todo porque está muy rico”, “no dejes nada en el plato que es pecado”, etc. Algunos de estos pensamientos se les denomina “pensamientos facilitadores de la ingesta” (pensamientos saboteadores o autoengaños), y otros pueden aparecer en forma de “pensamientos fustigadores y autocríticos” (nuestro crítico interior). A esto le llamamos “diálogo interno”, lo que nos decimos a nosotros mismos, que en muchas ocasiones puede llevarnos a tener una conducta desadaptada con la comida, generando con ello mucho malestar y sufrimiento.

 

El hambre mental suele basarse en absolutos y opuestos: comida buena contra comida mala, lo que hay que comer contra lo que no. Cuando nos alimentamos basándonos en los pensamientos de la mente, nuestro comer suele estar basado en la preocupación, y cuando la mente se agobia sobre lo que “deberíamos y no deberíamos comer”, se evapora el disfrute de lo que tengamos en la boca.

Alimentas tu hambre mental cuando sientes que esos pensamientos “llevan razón”, te los crees a pies juntillas, y acabas dejándote llevar por ellos sin ni siquiera pararte a cuestionártelos.

 

¿Cómo podemos satisfacer el hambre mental? La mente se queda realmente satisfecha cuando se calma. Cuando las numerosas voces contradictorias que hablan sobre la comida se aplacan, cuando la función de la consciencia domina sobre la pensante. Es entonces cuando podemos estar totalmente presentes mientras comemos. Cuando estamos llenos de consciencia, nos llenamos de satisfacción.