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A diario nos encontramos en la consulta de nuestro centro a personas que vienen con el siguiente mensaje: “mi problema es que no tengo fuerza de voluntad”. Generalmente solemos contestarles que su problema no es que no tengan fuerza de voluntad, sino que lo que ocurre realmente es que no tienen claro si quieren o no quieren hacer aquello que les ronda por la cabeza.

Solemos preguntar: según tú, ¿qué es la fuerza de voluntad? Obtenemos respuestas del estilo a que la fuerza de voluntad es cuando consigues hacer algo, cuando consigues de alguna manera como forzarte, sacando lo mejor de ti, para conseguir algo. Solemos añadir que vaya aburrimiento debe ser eso de hacer algo forzándote a ello.

Para continuar con la explicación utilizamos un juego de preguntas como las siguientes:

¿Cuánta fuerza de voluntad necesitas para no meter la mano en el fuego? Seguramente muy poca.

¿Y cuánta fuerza de voluntad necesitas para ir a trabajar? Quizá algo más pero también muy poca.

¿Y cuánta fuerza de voluntad necesitar para practicar algo de actividad física y/o mantener una alimentación equilibrada? Y aquí siempre hay respuestas diversas.

Reflexiona ahora, ¿cuál crees que es la diferencia en estos tres ejemplos?

La diferencia es, única y exclusivamente, la conciencia personal que cada uno tiene sobre los beneficios y los costes asociados a realizar (o no realizar) aquello que te ronda por la cabeza. Es decir, lo claro que tengo lo que sí quiero hacer y lo que no quiero hacer. Vamos a seguir con los ejemplos:

La fuerza de voluntad que necesito ejercer para no meter la mano en el fuego es escasa debido a que el coste de hacerlo es muy elevado (quemadura) y el beneficio es nulo.

La fuerza de voluntad que necesito ejercer para ir a trabajar es también muy escasa porque el coste de no ir es muy elevado (perder mi empleo) y el beneficio es relativamente bajo (un día descansando en casa).

¿Y la fuerza de voluntad que necesito ejercer para realizar alguna actividad física? ¿Y para mantener una alimentación equilibrada?, ¿verdad que a veces es un poco mayor?, ¿por qué? Pues simplemente porque no tienes claro los beneficios (físicos y psicológicos) que recibirás por hacerlo y sí tienes muy presentes los costes de cada acción (en el caso de la actividad física: cambiarme de ropa, salir de casa, ir para allá, esforzarme por conseguir un resultado; y en el caso de la alimentación: ser cuidadoso con mis menús, dedicarme tiempo en la cocina, no caer en tentaciones, eliminar hábitos nocivos…)

Siguiendo con esta explicación, tenemos algunas buenas noticias: en ningún caso necesitas tu fuerza de voluntad, puedes aparcarla ahí fuera, no la vas a necesitar más. Lo único que necesitas es una reflexión serena, sincera, honesta y concienzuda sobre qué beneficios, qué costes y qué resultados esperas de hacer o de no hacer aquello que planeas.

Volvamos al problemático ejemplo de la actividad física y la alimentación equilibrada. No te estamos pidiendo que uses tu fuerza de voluntad, no te estamos pidiendo que te lleves por la fuerza, que te obligues (¡qué agotador y aburrido debe ser hacer las cosas por obligación!). Te estamos pidiendo que te conectes con todos aquellos buenos motivos que te hicieron decidir iniciar hábitos saludables en su día y analices si siguen siendo positivos y valiosos para ti, y si la respuesta es que sí, que entonces organices acciones que te acerquen a sentir que lo logras, todo ello con la memoria refrescada de por qué estás haciendo lo que haces.

No necesitas más fuerza de voluntad. Necesitas reconectarte con esos motivos que percibes valiosos y que en su día te hicieron tomar esas decisiones. No necesitas a tu fuerza de voluntad. Necesitas no perder de vista los motivos que te llevan a hacer ciertas cosas.

Para ayudarte a realizar estos procesos de reflexión y para solucionar estos y otros conflictos similares, no dudes en pedir cita en www.obest.es o bien visítanos a nuestra clínica en C/ Pérez Galdós, 11, o bien llámanos por teléfono al 967189123